Es una de las consultas que más veces escucho: «Yo tengo ganas casi siempre y mi pareja casi nunca toma la iniciativa. Empiezo a pensar que ya no le atraigo, o que hay algo que no funciona entre nosotros».

Si esto te resulta familiar, quiero que te quedes con una idea antes de seguir leyendo: tener un tipo de deseo distinto al de tu pareja no es un fallo, ni una señal de que el amor o la atracción se han apagado. En la mayoría de los casos, lo que hay detrás es algo mucho más simple y mucho más frecuente de lo que se cree: dos formas distintas de desear, que funcionan de manera diferente.

Esto ocurre en parejas heterosexuales, homosexuales y de cualquier configuración: la diferencia entre desear «de entrada» o desear «una vez que empieza algo» no depende de la orientación sexual de nadie, sino de cómo funciona el deseo de cada persona.

Dos formas de desear, igual de sanas

La sexología lleva más de veinte años distinguiendo entre dos tipos de deseo sexual (Basson, 2001; Basson, 2008):

Deseo espontáneo. Es el que aparece «solo», sin que haga falta ningún estímulo previo. Piensas en algo, ves a tu pareja, recuerdas un momento juntos… y sientes ganas, de la nada. Es el modelo de deseo que la cultura popular (el cine, la publicidad, muchas conversaciones entre amigos) presenta como «el deseo normal», pero en realidad es solo una de las dos formas en que puede aparecer.

Deseo responsivo. No aparece antes del contacto, sino como respuesta a él. Al principio puede que no sientas ninguna urgencia especial, pero en cuanto hay un beso, una caricia, un ambiente cómodo o cierta cercanía, el deseo empieza a construirse. No es que «cueste más» o que haya menos interés: simplemente necesita ese primer paso de estímulo para encenderse.

Ninguno de los dos es mejor, más maduro o más «auténtico» que el otro. Son dos maneras distintas de llegar al mismo sitio, y la mayoría de las personas, a lo largo de la vida y según el momento, experimentan ambas. Esta diferencia no depende del género de cada persona ni de la orientación sexual de la pareja: los estudios que han comparado parejas de distinto sexo y del mismo sexo no encuentran diferencias relevantes en el tipo de deseo, la comunicación o la satisfacción asociadas a esa variable (Holmberg y Blair, 2009). Dicho de otro modo: esto no es «una cosa de hombres» o «una cosa de mujeres», ni algo que le pase más a las parejas heterosexuales que a las homosexuales. Es, simplemente, una variante del deseo humano que puede darse en cualquier persona y en cualquier pareja.

Deseo sexual responsivo

Entonces, ¿por qué se vive como un rechazo?

El problema casi nunca es el tipo de deseo en sí, sino la interpretación que hacemos de él. Cuando una persona con deseo espontáneo tiene como pareja a alguien con deseo mayoritariamente responsivo, es fácil caer en pensamientos como:

Estos pensamientos son comprensibles, pero parten de una idea equivocada: que el deseo «de verdad» solo cuenta si aparece antes del contacto. La investigación en sexología (Davies, Katz y Jackson, 1999; Byers, 2005) muestra que la discrepancia de deseo entre miembros de una pareja es, de hecho, extremadamente común —está entre los motivos de consulta más frecuentes en terapia sexual—, y que el malestar no lo genera tanto la diferencia en sí, sino cómo se comunica y se gestiona.

Un mito que conviene desmontar

Detrás de gran parte del malestar que genera esta diferencia hay una creencia muy extendida: que el deseo «de verdad» es el que surge solo, y que si no aparece así, es que falta interés. Esta idea no es solo inexacta; además ha alimentado prejuicios muy concretos sobre determinadas parejas.

Un buen ejemplo es el mito de que las relaciones de larga duración «dejan de tener sexo» cuando ninguna de las dos personas toma la iniciativa de forma espontánea, un estereotipo que durante décadas se aplicó de forma especialmente injusta a las parejas formadas por dos mujeres (el llamado «lesbian bed death»). Un estudio reciente con más de mil participantes, diseñado específicamente para comparar a mujeres heterosexuales y lesbianas con un método estadístico riguroso, desmonta ese mito con datos: aunque la frecuencia de encuentros puede ser algo menor, el nivel de satisfacción sexual es prácticamente idéntico (66% frente a 68%), y las parejas de mujeres compensan con más prácticas de intimidad —sexo oral, uso de juguetes, encuentros más largos— que refuerzan la conexión (Frederick et al., 2021). Y cuando se ha estudiado la discrepancia de deseo específicamente en parejas de mujeres, los resultados van en la misma línea que en parejas heterosexuales: lo que más pesa en la satisfacción es la comunicación, no la frecuencia en sí (Bridges y Horne, 2007; Nichols, 2004).

Es un buen recordatorio de que las ideas sobre «quién desea menos» suelen decir más sobre nuestros prejuicios culturales que sobre la realidad de las parejas. La diferencia entre deseo espontáneo y responsivo no es un patrón «raro» ni algo propio de un tipo concreto de relación: es una de las variantes normales del deseo humano, y puede darse —y de hecho se da— en cualquier tipo de pareja.

Deseo espontaneo

Qué influye en que el deseo sea más responsivo en ciertos momentos

El deseo, del tipo que sea, no es fijo: cambia según el momento vital, y en ello influyen varios factores:

Cómo evitar que la diferencia se viva como un rechazo

Si os reconocéis en esta situación, estas son las claves que suelo trabajar en consulta:

  1. Nombrarlo sin juicio. Hablar de «deseo espontáneo» y «deseo responsivo» como conceptos, no como «el que tiene ganas» y «el que no», ayuda a sacar la culpa de la ecuación.
  2. Separar el deseo del amor. Que a una persona le cueste más «arrancar» no dice nada sobre cuánto te quiere o le atraes. Son dos circuitos distintos.
  3. Crear el contexto, no solo esperar las ganas. Si el deseo de tu pareja es responsivo, iniciar con calma —una conversación, una caricia sin exigencia, un espacio sin prisas— es mucho más eficaz que esperar a que «le apetezca» antes de nada.
  4. Comunicar antes de que se acumule el malestar. Decir «a veces no tengo ganas al principio, pero eso no significa que no quiera estar contigo» evita que el silencio se interprete como rechazo.
  5. Redefinir juntos qué es «tener ganas». Algunas parejas deciden que cualquiera de los dos puede proponer sin necesidad de sentir deseo previo, siempre desde la libertad de decir que no; ese «sí» inicial es, muchas veces, la puerta de entrada al deseo responsivo.
  6. Cuidar lo de fuera de la relación sexual. La intimidad emocional, el tiempo de calidad y la comunicación general de la pareja son el terreno donde el deseo responsivo crece mejor.

Cuándo pedir ayuda profesional

Es buen momento para consultar con un Sexólogo cuando la diferencia de deseo genera malestar sostenido, discusiones recurrentes, sensación de rechazo constante, o cuando uno de los dos deja de disfrutar de la sexualidad por presión o por evitación. También si sospechas que, además de la diferencia de tipo de deseo, puede haber un componente de deseo sexual hipoactivo, ansiedad, dolor u otro factor añadido que conviene valorar de forma individual.

Entender que existen dos formas legítimas de desear, y que ninguna pareja está «exenta» de esta diferencia, suele ser el primer paso para dejar de vivirlo como un problema y empezar a tratarlo como lo que es: algo que se puede gestionar juntos.

Referencias

Todas las referencias académicas incluyen enlace directo para poder consultarlas.

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